Congregábase
densa multitud en estas últimas,
donde afiebradamente latía el corazón
de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino
hasta el momento en que comenzaron a oírse
los tañidos del reloj anunciando
la medianoche. Calló entonces la
música, como ya he dicho, y las evoluciones
de los que bailaban se interrumpieron; y
como antes, se produjo en todo una cesacion
angustiosa. Mas esta vez el reloj debía
tañer doce campanadas, y quizá
por eso ocurrió que los pensamientos
invadieron en mayor número las meditaciones
de aquellos que reflexionaban entre la multitud
entregada a la fiesta. Y quizá también
por eso ocurrió que, antes de que
los últimos ecos del carrillón
se hubieran hundido en el silencio, muchos
de los concurrentes tuvieron tiempo para
advertir la presencia de una figura enmascarada
que hasta entonces no había llamado
la atención de nadie. Y, habiendo
corrido en un susurro la noticia de aquella
nueva presencia, alzóse al final
un rumor que expresaba desaprobación,
sorpresa y, finalmente, espanto, horror
y repugnancia. |