A pesar
de la profusión de ornamentos de
oro que aparecían aquí y allá
o colgaban de los techos, en aquellas siete
estancias no había lámparas
ni candelabros. Las cámaras no estaban
iluminadas con bujías o arañas.
Pero en los corredores paralelos a la galería,
y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados
trípodes que sostenían un
ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban
a través de los cristales teñidos
e iluminaban brillantemente cada estancia.
Producían en esa forma multitud de
resplandores tan vivos como fantásticos.
Pero en la cámara del poniente, la
cámara negra, el fuego que a través
de los cristales de color de sangre se derramaba
sobre las sombrías colgaduras, producía
un efecto terriblemente siniestro, y daba
una coloración tan extraña
a los rostros de quienes penetraban en ella,
que pocos eran lo bastante audaces para
poner allí los pies. |