Habían
resuelto no dejar ninguna vía de
ingreso o de salida a los súbitos
impulsos de la desesperación o del
frenesí. La abadía estaba
ampliamente aprovisionada. Con precauciones
semejantes, los cortesanos podían
desafiar el contagio. Que el mundo exterior
se las arreglara por su cuenta; entretanto
era una locura afligirse. El príncipe
había reunido todo lo necesario para
los placeres. Había bufones, improvisadores,
bailarines y músicos; había
hermosura y vino. Todo eso y la seguridad
estaban del lado de adentro. Afuera estaba
la Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su
reclusión, y cuando la peste hacía
los más terribles estragos, el príncipe
Próspero ofreció a sus mil
amigos un baile de máscaras de la
más insólita magnificencia.
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