La pieza
se terminó, la música se apagó,
el público salío del teatro.
Era como si un sueño se hubiese terminado.
La muchedumbre se disipó por todos
lados. Mrs. Sommers se fue a la esquina
y esperaba el tranvía.
Un hombre con unos ojos vigilantes que estaba
sentado enfrente suyo parecía divertirse
mirando su
pequeña cara pálida. No era
capaz de descifrar lo que veía. De
hecho no veía nada -- porque no es
de suponer que era un mágico, capaz
de ver el deseo ardiente que el tranvía
no se parara nunca que continuara siempre
con ella dentro.
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